10 julio 2010

BANDERA DE ESPAÑA



por graciela vera

periodista independiente


No, no voy a loar ni a ésta ni a ninguna bandera. A las banderas (a todas) no es necesario ensalzarlas. Cada una es la más grande para quienes se sienten a su abrigo.

Voy a hablar de una bandera que más que representar el sentimiento de patria, es una divisa que congrega a los españoles detrás de éxitos deportivos pero que no los unifica como nación.

No puedo definir si el escaso apego a su bandera que muestra un porcentaje importante de españoles

está directamente relacionado con una historia demasiado larga y sin sentimiento de propiedad nacional; tal vez sea el escaso tiempo que hace que los españoles son ciudadanos por derecho. Los reyes no son el mejor soporte para compenetrar a la plebe con un estandarte.

El moderno reino de España, monarquía constitucional ha llegado quizás demasiado tarde para que las generaciones actuales reconozcan el símbolo y es posible que si no se toman medidas educativas responsables, las próximas tampoco lo hagan.

El auge deportivo de España en distintas disciplinas deportivas ha sacado a la calle banderas rojas y amarillas. La experiencia nos dice que pasado la euforia del momento éstas vuelven a guardarse como si se tuviera vergüenza distinguirlas.

Es más, en muchos casos en lugar de la bandera oficial se pasean banderas que han perdido el valor representativo de nación: la que luce el águila vigente durante la dictadura franquista, la tricolor de la Segunda República o la catalana de cuatro rayas rojas sobre fondo amarillo.

Hoy día España está literalmente vestida por su bandera. Miles de ellas cuelgan desde balcones, se agitan en medio de concentraciónes, se pasean en los más insólitos vehículos y hasta se llevan pintadas en gorros y camisetas y en el mismo rostro.

Para un observador desprevenido, el sentimiento de unidad patriótica podría ser inequívoco. Nada más fuera de la realidad.

Posiblemente estas miles de banderas sean arrinconadas hasta que otro triunfo en fútbol, tenis, automovilismo o cualquier otra actividad deportiva las requiera en la calle.

Es la diferencia entre euforia y patriotismo.

Obtener el campeonato del mundo de fútbol no es suficiente en esta España para sentirla como una nación indivisible.

Los regionalismos disfrazados de nacionalismos seguirán socabando la palabra constitución y la Constitución reclamando una revisijón que le dé a los españoles algo más que una ilusión deportiva para sentirse todos hijos de la gran España.

¿Y si se hiciera el milagro y la bandera española siguiera ondeando sin que nadie se avergonzara de quererla suya?

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